miércoles, febrero 01, 2017

XXI


jueves, enero 05, 2017

Rosa de los vientos


miércoles, diciembre 07, 2016

Seguid caminando, soñadores.

jueves, diciembre 01, 2016

La etimologia mola.



No sé por qué me gusta saber de dónde vienen las palabras, es algo que siempre me ha cautivado. Oyes una palabra, sabes a que se refiere y basta, pero cuando descubres el sentido original, el tiempo y el espacio del que proviene o mejor dicho la idea que tienes de ese mundo, se abre delante de ti, y cuanto más antiguo más fascinante resulta, sobretodo porque por alguna razón ese sonido articulado ha sobrevivido cientos de años, incluso milenios, muchos y más a menudo de lo que en principio se puede imaginar, porque las lenguas están hechas de un material muy maleable, es difícil leer un libro de hace unos pocos cientos de años aunque este escrito en la lengua materna.

Quizá este gusto por los arcaísmos me viene de aquella vez que leí sobre el desciframiento de la lengua hitita (hititas indoeuropeos, no los anteriores), cuando los investigadores averiguaron que “agua”, “water” en ingles, se decía en hitita “wasser”, la misma raíz. Tal vez mi interés empezó mucho antes, se me daba bien el latín en el instituto, no tuve la suerte de poder estudiar griego porque cambiaron el programa de estudios, cuando terminó la dictadura. Además el castellano es una lengua rica que contiene un número importante de arabismos, “Ojala”, “Aljibe”, “Almohada”…, si bien hoy en día en este mundo globalizado, no es una novedad, ya todos los idiomas tienen muchas influencias de lenguas muy dispares, pero cuando eres un niño viviendo en un régimen de puertas cerradas al resto del mundo, cualquier cosa extranjera resultaba exótica.

No hace mucho descubrí que los japoneses, resulta difícil de creer, al parecer han eliminado por razones éticas la palabra “ruido” que originalmente era el símbolo para “mujer” repetido tres veces, como bosque es árbol+árbol+árbol, sustituyéndola por el anglicismo “noise”, no deja de sorprenderme lo disciplinados que son en Japón, normalmente los idiomas evolucionan de una manera bastante más aleatoria. El caso es que hurgando en el diccionario electrónico sumerio de la universidad de Pennsylvania, he tropezado con una referencia curiosa y ya sé, no es el pasatiempo habitual de la mayoría, lo curioso es que no ha sido difícil, era la primera palabra de la letra L, concretamente la palabra “la” o exactamente “la6”. Que se representa así:
                                                       
             
Significa “inundación”, y como la mayoría de las palabras de una sola silaba que suelen ser las más antiguas, comprende una serie de significados relacionados: humedad, empapar, etc.. Pero la gracia del descubrimiento está en su equivalente acadio, que por fortuna proporciona el ePSD, y que presumiblemente es tan antiguo como el término sumerio. Los Egipcios llamaban a su rio, Iteru o divinizado Hapy, sin embargo el nombre por el que todos lo conocemos hoy, los expertos lo hacen derivar de la palabra árabe nalah, que significa valle o rio, aunque actualmente en árabe rio se dice wadi, por lo que yo sé, pero bueno el punto es que los griegos, los clásicos, cuando no lo llaman Aegyptos lo llaman Nailos, de ahí Nilo, sin que quede muy claro quien tomó el termino de quien.
“Nilu”, es el termino acadio para “inundación”, palabra que define muy bien el comportamiento del Nilo antes de la construcción de la presa de Assuan. Hay que recordar que originalmente las lenguas semíticas solo escribían las consonantes, así que la raíz consonántica “nl” de la palabra “nalah”, hace que la interpretación de su origen a partir del árabe, puesto que está emparentado con el acadio, sea perfectamente válida, sin embargo esta precisión probablemente permite remontar el origen de la palabra tres mil años cuando menos.    

domingo, agosto 28, 2016

miércoles, julio 20, 2016

España_2016: Mas vale corrupcion conocida que administracion por conocer



  En la vida no puedes bajar la guardia, pero tampoco puedes vivir en estado de alerta permanente. El estado de equilibrio no viene dado, ese es un esfuerzo que el propio individuo debe realizar. Lo digo porque normalmente no lo hacemos, quiero decir que solemos reaccionar de manera inconsciente y desproporcionada a los retos que nos plantea la convivencia, un aspecto muy importante de la existencia desde que vivimos en núcleos urbanos: nuestro comportamiento solo cobra protagonismo frente a nuestros semejantes, no nos importa lo más mínimo que una perdiz o un jabalí nos vea cometiendo un error o haciendo el gilipollas, probablemente porque creemos que no vamos a ser juzgados.

Pienso que debe ser la propia arquitectura del proceso mental la que condiciona este hecho, al parecer la lógica y los sentimientos pertenecen a áreas del cerebro distintas, por eso es difícil racionalizar las emociones, tratarlas con fría imparcialidad, separarlas de nosotros mismos, como cuando hacemos un cálculo o desempeñamos una tarea rutinaria. El problema es que las emociones difícilmente pueden ignorarse y aunque están ahí para algo, a menudo estorban, sería más útil poder contenerlas que dejar que nos arrastren, pero de eso, normalmente solo nos damos cuenta después. 

No soy un fanático de la lógica, creo que el subconsciente nos oculta algo, podemos intuirlo. Lo que no creo es que la pasión, el miedo, el odio o la codicia sean buenos aurigas, sobretodo porque la historia y en especial la de este país, está repleta de trágicos ejemplos. Lo que quiero decir es que el modo de categorización o catalogación que usamos habitualmente con los demás es un asco, apesta a prejuicios que además, casi siempre, ni siquiera son nuestros, sino que los hemos importado de los medios o cualquier otra fuente, como la familia o los amigos; el caso es que la mayoría de las veces, no juzgamos, prejuzgamos. Los prejuicios son seres emparentados con las apariencias, por fortuna la mayoría sabemos lo rico que está el queso azul, por poner un ejemplo, eso demuestra que siempre hay que profundizar, no quedarse solo con el aspecto. Evidentemente a poco que se piense, nunca basta con la primera impresión y solo se puede juzgar al árbol por sus frutos, como se suele decir, podemos especular sobre el resultado por el aspecto de sus flores, por ejemplo, pero verdaderamente no tendremos la certeza hasta que se haga manifiesta su condición. Llevar a la práctica es la base de lo que llamamos “aprender”, es algo que tendemos a olvidar. 

Habría sido particularmente útil que hubiéramos tenido en cuenta consideraciones de este tipo a la hora de elegir a nuestros representantes políticos, ha sido triste ver cómo ha triunfado el “más vale malo conocido que bueno por conocer”,  un ejemplo de estúpido juego de palabras, elevado a la categoría de sagrado evangelio por el arte de la repetición y por tanto ampliamente secundado, por motivos perfectamente desconocidos para mí. No nos engañemos, se llama miedo y también locura, pánico tal vez, porque se ha optado por seguir consumiendo un producto probadamente toxico, antes que echar mano de uno distinto que nadie ha probado: no hemos querido aprender nada nuevo, principalmente porque organizaciones con ánimo de lucro han puesto mucho empeño en demostrar que el engañoso color de los pistilos y la siniestra fragancia de las flores del nefasto árbol desconocido, recuerdan a los de un fósil, un ejemplar extinto, absolutamente letal por supuesto, que solo conocemos por referencias en enciclopedias de Paleobotánica.

jueves, junio 16, 2016